La capacidad de captar las emociones propias y ajenas puede modificarse y perfeccionarse a través de la experiencia.

¿Cuál es el impacto de las emociones en nuestras vidas? Desde la autoafirmación hasta el logro de objetivos, desde la convivencia hasta la crianza de los hijos, desde el éxito en el estudio hasta el ejercicio de una profesión, desde la gestión de una empresa hasta la de un equipo, la adquisición de la competencia emocional es fundamental. Importantes motores del mecanismo que determina nuestras acciones, las emociones nos empujan a tomar decisiones e influyen en el estado de salud, el bienestar, las actividades y nuestras relaciones.

El proceso de razonamiento puede bloquearse o alterarse cuando sentimos emociones desproporcionadas o ingobernables, mientras que se ve comprometido cuando la emoción está completamente ausente (como en el caso de algunas enfermedades neurológicas).

Si no controlas tus emociones

Las emociones son parte de nosotros, nos proporcionan información valiosa para actuar y son capaces de condicionar las creencias y las elecciones, incluso cuando no somos conscientes de ello. Reforzar los hábitos nocivos, descuidar el potencial emocional o no regular su intensidad, puede producir efectos devastadores o indeseables.

Puede suceder, de hecho, que quede atrapado o abrumado por una emoción fuerte e inhibidora, como generar sufrimiento o no lograr los resultados deseados. En algunas ocasiones, como durante una pregunta, un examen, una competición deportiva o una reunión de la junta directiva, puede ser difícil mantener la concentración: nos sentimos paralizados, distraídos o confundidos y somos incapaces de controlar nuestro estado emocional, independientemente de nuestra voluntad.

A veces no estamos suficientemente capacitados para contrarrestar el contagio negativo de otros o para hacer frente a reacciones agresivas. Inevitablemente, sufrimos los efectos dañinos. Por otro lado, también puede ocurrir que olvidemos o ignoremos los estados emocionales que pueden desencadenar acciones que transformen el miedo en coraje, la ira en competencia, la derrota en motivación para mejorar, la fatiga y el compromiso en pasión, la satisfacción por el resultado logrado en placer.

Los efectos en nuestra salud

Las emociones siempre están implicadas y afectan a la imagen que tenemos de nosotros mismos y de los demás. Su efecto, positivo o negativo, depende no sólo de los mecanismos de reacción automática, sino también de los hábitos y el aprendizaje.

Suele costar mucho dinero luchar contra las emociones, propias o ajenas, para bloquearlas o congelarlas, en lugar de aprender a reconocerlas, darles un valor correcto y saber traducirlas en comportamientos útiles.

Las dificultades para regular la intensidad de las emociones y determinar la elección del comportamiento más adecuado pueden, de hecho, tener un impacto negativo en la salud psicofísica (depresión, úlcera, enfermedades psicosomáticas, debilitamiento del sistema inmunológico), en el rendimiento cognitivo, el aprendizaje, la motivación, la concentración, el rendimiento y la capacidad de establecer vínculos.

Cómo funcionan las emociones

A partir de los años 90, las investigaciones en el campo de la Neurociencia y la Psicología han demostrado que, además del proceso bioquímico y neuronal que activa reacciones corporales específicas, las emociones tienen una dimensión cognitiva, es decir, están interconectadas con nuestra racionalidad. Las emociones son impulsos para actuar, es decir, planes de acción con los que estamos dotados para gestionar en tiempo real las emergencias de la vida.

Son el resultado de respuestas neuroquímicas producidas automáticamente por el sistema nervioso central y periférico, acompañadas de programas motores que modifican el estado del cuerpo y del cerebro para permitir reacciones de escape y defensa; pero también son una poderosa herramienta de comunicación y relación entre los seres humanos. A través de las llamadas «neuronas espejo», descubiertas por un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Parma coordinados por el Prof. Giacomo Rizzolatti, cada vez que se percibe un estímulo visual y/o acústico, se activa un mecanismo de resonancia en nuestro sistema motor, de modo que nuestra percepción se corresponde con las acciones (las de los demás y las nuestras) y las emociones (lo que sentimos).

Por lo tanto, en la base del aprendizaje de los comportamientos necesarios para «hacer» y «estar con otros», hay un proceso sensomotor, diseñado para expresar estados emocionales y construir una relación con otros que es funcional para la supervivencia. Gracias a los avances de la Neurociencia, hoy en día vemos cómo interactúan nuestras estructuras cerebrales y comprendemos mejor las interacciones entre el sistema mental primordial (instintivo y rápido) y el sistema de procesamiento cognitivo.

La emoción, por lo tanto, es un proceso que puede ser analizado en varios niveles: fisiológico, cognitivo y social. Las etiquetas que atribuimos a las sensaciones percibidas (respuestas automáticas basadas en programas motores), nos permiten connotarlas como emociones (miedo, ira, tristeza, alegría, asco, sorpresa) y se convierten en sentimientos cuando se registran, memorizan, utilizando la participación de otras funciones mentales como el lenguaje y la memoria.

Educar a los niños para que capten las emociones

La herencia genética puede determinar una sensibilidad o insensibilidad para captar las emociones propias y ajenas, pero las inclinaciones emocionales esenciales se perfeccionan en el curso de la experiencia, tras la formación y la adquisición de nuevos conocimientos.

Así, las emociones pueden ser canalizadas en ciertas reacciones, desarrolladas en el curso de la evolución, a través de dotes mecánicas innatas y procesos aprendidos a través de la experiencia y la educación. Gracias a la neuro-plasticidad de nuestro cerebro y sus circuitos, ahora podemos decir que el temperamento de una persona no es el destino.

Entrenar a los niños desde una edad temprana para que capten los sentimientos que experimentan (ya sean positivos o negativos) con el fin de regularlos y dirigirlos en comportamientos útiles y apropiados es fundamental para su crecimiento y para sentar las bases de lo que lograrán en la vida.

En algunas situaciones los niños pueden sentir miedo o ira, pero se convierten en adultos ansiosos, coléricos, violentos o antisociales si no los educamos para usar las emociones como señales, si no les permitimos, a través de la experiencia y el entrenamiento, experimentar la regulación y la reacción de maneras que sean funcionales y apropiadas a las sensaciones que sienten.

Debido a que existe una estrecha interconexión entre la sensación sentida, la reacción y el pensamiento, es eficaz entrenar a los niños para que modifiquen sus acciones a fin de regular sus sentimientos y, por lo tanto, afecten su pensamiento, la conciencia de sí mismos, los efectos de sus acciones y su aprendizaje.

Primero sentimos, actuamos y luego sabemos. Por esta razón, en lugar de intentar tranquilizar a los niños diciendo «no tienes que tener miedo», es preferible ayudarles a aumentar progresivamente su repertorio conductual para que sean capaces de hacer frente al miedo regulando su intensidad.

Desde aprender a caminar, nadar, montar en bicicleta, enfrentarse a los demás, enfrentar la competencia, reaccionar rápidamente a una calamidad, la confianza en sí mismo y la regulación del potencial emocional pasan por la experiencia, y luego se convierten en adquisición en todos los campos.

Inteligencia emocional

En todo ser humano se puede destacar un temperamento, pero todo niño puede ser entrenado para la regulación emocional. Este proceso no implica distorsionar el carácter del niño, sino fortalecerlo, dándole herramientas para fortalecer sus dos inteligencias: la cognitiva y la emocional. Es importante despejar el campo de los falsos mitos o estereotipos: no hay niños genéticamente temerosos o agresivos, melancólicos o alegres, aburridos o curiosos.

A excepción de algunas enfermedades neurológicas o psicopatologías, el desarrollo de la inteligencia emocional (según la definición de Daniel Goleman, es la capacidad de ser consciente de sí mismo, de gestionar los propios estados emocionales, de reconocer los estados mentales de los demás y de saber gestionar las relaciones) siempre es posible, independientemente del temperamento.

Esta inteligencia, útil en muchas situaciones, es al menos tan importante como nuestra inteligencia cognitiva: mejora, de hecho, nuestro rendimiento intelectual, deportivo, laboral, es capaz de mejorar nuestro pensamiento, guiar nuestras acciones, aumentar nuestro liderazgo y mejorar nuestras habilidades interpersonales.

La educación para el desarrollo de la competencia emocional no debe limitarse únicamente a las áreas psicoterapéuticas o de emergencia, sino que debe difundirse a todos los niveles porque es una excelente forma de prevención sanitaria y social. Piense, por ejemplo, en el costo social que puede acarrear el analfabetismo emocional: aumento de la ansiedad y la depresión, la delincuencia y la violencia, la deserción escolar, el retraimiento social, la improductividad debida al estrés laboral, los choques y conflictos, la incapacidad de gestionar a los empleados o clientes.

A cualquier edad y en cualquier campo, entrenar a las personas para que dirijan su potencial emocional es una forma efectiva de salir de situaciones críticas personales, familiares, empresariales o sociales.

La vida está llena de sentimientos emocionales y aprender a no juzgarlos, sino a acostumbrarse a dirigirlos de la mejor manera posible genera: jóvenes brillantes en sus estudios y en su trabajo; profesores resonantes capaces de entusiasmar y motivar a los estudiantes; parejas satisfechas o capaces de afrontar momentos críticos; padres capaces de hacer crecer el talento de sus hijos; empresarios capaces de guiar a las personas y a las empresas, gracias a la capacidad de conectar con las emociones propias y ajenas.

Saber gobernar el miedo, utilizando los acontecimientos críticos para estimular a los niños a estudiar o a los empleados a producir, en lugar de generar pánico y un innecesario contagio negativo, requiere de inteligencia emocional.

El éxito en un desempeño escolar, deportivo, profesional o empresarial tiene que ver con nuestro talento, con la suerte, pero también con nuestra capacidad de utilizar las emociones para levantarnos de las derrotas, para motivarnos a perseverar o, si es necesario, para cambiar de método.

Cómo desarrollar la competencia emocional

Saber navegar en las aguas turbulentas o demasiado estancadas de las emociones, las nuestras y las de los demás, es una habilidad que hay que entrenar, no se desarrolla por sí sola, aunque estemos predispuestos a ello. Este proceso, que puede activarse a cualquier edad, requiere un impulso de cambio (generado por emociones como el deseo, la motivación, la aversión o el sufrimiento).

Los instrumentos útiles para ello son: la capacitación en técnicas de respiración, relajación, concentración, entrenamiento ideomotor; la aplicación de técnicas de «solución de problemas» que faciliten el cambio de los hábitos disfuncionales aprendidos; el aprendizaje y la práctica de técnicas de comunicación, gestión de relaciones, negociación y liderazgo; la psicoterapia en situaciones de fuerte e impedimento de la rigidez aprendida.

El desarrollo de la competencia emocional es especialmente deseable en padres, maestros, empresarios, líderes de equipo, profesionales, negociadores, médicos, trabajadores de la salud y de emergencias.

El poder de las emociones nunca debe ser subestimado y podemos usarlo para sentirnos mejor, para enfrentarnos a una situación crítica, para sanar, para alcanzar nuestros objetivos, para facilitar el cambio o para ayudar a otros.

Siempre podemos decidir dejarnos arrastrar por las olas emocionales, ahogarnos o ir a la deriva, al igual que podemos elegir en su lugar entrenarnos a nadar para hacer frente a las hostilidades, superar nuestras debilidades o rigideces, para infundir confianza e influencia positiva en nosotros mismos y en los demás.

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